lunes, 9 de abril de 2012

Toca el llamador...

¡Vale pararse ahí...

Se acabó la Semana Santa. Así es, amigos; se va una Semana cargada de emociones que han sido trabajadas durante todo el año. Una Semana que se queda corta para las ganas y el empeño que ponen todas las personas que hacen de esta Semana la Mayor del año entero, y por algo será que le dirán así... Y es que en Rota, mi humilde pero precioso pueblo costero de la Provincia de Cádiz, se vive la Semana de manera especial. Exacto, en todos los sitios se vive una Semana Santa diferente no os lo voy a negar; pero cuando en un sitio se respira Pasión, Muerte y Resurreción por los cuatro costaos... éso es digno de destaque. 




Cómo quieres que te explique, la alegría que siento al ver, esa Burra saliendo por San Roque con la gran palmera a sus espaldas, un rostro que incita al delirio del pueblo y que triunfante en su entrada en Jerusalén, lo saluda y le da las gracias por su cálido acogimiento. Un sentido abrazo en el que él mismo se ve envuelto gracias a la devoción y el fervor que con aplausos y vítores los Roteños agradecen su presencia un año más anunciando la Semana Grande. Lo mejor está aún por llegar.

Y pasado un día te preguntarás, ¿de verdad que esto no ha hecho más que comenzar? cuando te asomas por Fermín Salvochea y ves al Santísimo Cristo del Amor, que agonizando en la cruz sus últimos suspiros te mira y te pide un perdón más grande que la culpa que le ha sido otorgada injustamente. Y ¿qué pensar, Dios mío? cuando veo una cuadrilla completa de mujeres costaleras que llevan sobre sus hombros a la mujer más bonita de la Parroquia del Carmen. 
¿Qué se supone que debo de hacer cuando Nuestra Señora de la Esperanza del Calvario, con esos ojos llorosos, suplica que bajen a su hijo de la cruz, porque Él es el hijo de Dios?


No voy a explicártelo, porque tienes que vivirlo tú mismo. Al igual que cuando recibes un beso, un abrazo... se te encoge el corazón; el Martes Santo está dedicado a la mirada que congela Rota, el temple de Nuestro Padre Jesús Cautivo que consigue sin ningún tipo de melodía o truco hechizar de forma permanente e indeterminada los rostros y los corazones de aquellos que le siguen. Rostros que, a duras penas esbozan una ligera sonrisa, orgullosos de ver al Cautivo un año más y agradecerles el año que han vivido y pedirle por el que viene; y otros rostros que sin poder evitarlo dejan escapar sobre sus mejillas alguna que otra lágrima por la pérdida de un ser querido u otros motivos...


Vámonos un poquito más hijo... Llámate. Son palabras del capataz a uno de los costaleros que con orgullo y herencia lleva a Nuestro Padre Jesús de la Salud en sus Tres Caídas. Para él ver a su padre cargar este Cristo significó el máximo auge emocional que existe, y por ello él lo carga sobre sus hombros este año que su progenitor no puede por diferentes motivos... pero le encanta. Esa roca que permanece en el camino hacia el Calvario, sobre la que se apoya Jesús y le da protección para no volver a caer. Y pocos pasos detrás su Madre y su Apóstol, María Santísima de la Caridad acompañada de San Juan Evangelista, que por Blas Infante descansan para seguir ese duro destino al que le depara su hijo y Maestro, respectivamente. Una chicotá interminable, una caída... y otra... y otra; y cada vez se sitúa más cerca de la cruz sobre la que será crucificado.

Pero suplicando clemencia, Nuestra Señora de los Dolores baja a su Hijo, el Santísimo Cristo de la Caridad, que queda muerto sobre el regazo de su madre y lo mece, como si aún en la cuna estuviese, con el mismo amor con el que salió de sus entrañas cuando aún van subiendo la Cuesta del Barrio. Y suenan a lo lejos Campanilleros, pero Ella ni conoce ni le importa la procedencia de los mismos, puesto que sólo le importa su Hijo, aquél que en brazos de su madre y con mirada perdida anhela volver a la vida. Ella continúa hacia adelante... sabe que ahora está perdido. Y con su corona de Reina, deja escapar lágrimas, ¡pruebas evidentes de sus Dolores por no poderlo ver! y ya en la Plaza de Andalucía, cuando parece que todo va a acabar, Los Dolores vuelve a abrazar a su hijo, y se pone a bailar...





Si alguna nube había de la tarde anterior, nadie fue capaz de encontrarla durante la noche. La Madrugá se mostraba apacible... era la hora de que sonasen las campanas en la Iglesia de la O, y de que el Señor de Rota hiciera su correspondiente estación de penitencia. Siempre fue de noche, porque así lo quisiste y así lo vivimos todos y revivimos año tras año. Portas una cruz, carga tan pesada que fue compartida por un Cirineo, Simón, el cual te indicó el camino al Monte y no dejó de animarte en los momentos más duros. Caída tras caída allí estaba él para levantarte. Y cómo no, tu madre María Santísima de la Amargura, con San Juan Evangelista que por Castelar e Isaac Peral buscaban ansiosos tu paradero, ese pelo negro, un resquicio de tu estela morada...



Y fue cuando me encontré, por la Plaza Barroso, aquél Santísimo Cristo de la Veracruz, con esos valientes costaleros que te llevaron sobre sus hombros hasta tu Capilla, deleitándonos en cada revirá. Y qué decir de María Santísima de las Angustias, su cara es una infinita poesía cuya sonrisa duerme como la joven María que siempre fue y que en Ramón de Carranza e Inmaculada Concepción se hace eco al tocar el cielo con las manos levantá tras levantá...


 Preparado estaba ya, después de haber sido recogido por su propia Madre, el Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo cruzaba San Rafael con un silencio que denotaba respeto entre la población. Era la muerte de Jesús. La Soledad de María Santísima, lógica ante la pérdida inminente de su Hijo, la sumió entre la más recóndita tristeza, y no era un ínfimo sentimiento de amargura, lo que mostraba su rostro cuando paseaba por el Arco de la Villa, aquello trascendía todo lo que ello significaba.

Pero a los tres días... resucitó. Y fue en su Divina Misericordia, cuando Nuestro Padre Jesús Resucitado con una sonrisa en los labios dibujaba con su dedo el camino de la Resurrección, allá por el Paseo Marítimo del Rompidillo procesionó y dio Paz a los Roteños. Su dedo enseñaba el camino, y fue capaz de guiar al pueblo Roteño hacia un nuevo Domingo de Ramos, que tan sólo estaba a poco más de 300 días de distancia... pero Jesús por nosotros recorrió mucha más.



..ahí queó!

Nacho Liaño

1 comentario:

  1. Bien hijo bien, esta es la gente que quiero yo pa Don Bosco...

    Un abrazo, tu amigo más jartible...

    Jesús Corrales.

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