lunes, 23 de julio de 2012

Energías.

Pero volvamos a aquel momento, cuando George me contó su teoría, su lección...
Como pasa siempre en la vida, en aquel instante no le di tanto valor. Ahora es cuando comprendo su sentido. 
No sé cómo pude estar tantos años viviendo de espaldas a sus palabras... 
- Somos energía -me dijo mientra sostenía el saco (de boxeo) inmóvil, esperando mi golpe-. Energía es lo que yo veo en todo este mundo.
Energías que te inundan cuando las ves, cuando las escuchas, cuando las quieres, cuando te diste cuenta de que las amabas...
Energías que te permiten encontrar tus sendas.
Las energías no se pueden fingir, son las que son. Te puden ayudar a ver tu futuro o devolverte a tu niñez o a tu adolescencia. 
Yo busco energías. No me importa la edad, el sexo o el aspecto físico. 
Tras los cuerpos, tras las palabras, tras el amor, tras el deseo están esas energías poderosas.
Somos cazadores de energías, Dani. Y haciendo encauzado para poder lograr las otras que necesitas.
¿Sabes cuántas energías has de encontrar para completar tu vida?
No entendía casi nada, pero negué con la cabeza. No deseaba que parase.
- Tan sólo cuatro que te impacten. Es suficiente.
Me miró a los ojos.
- Golpea, golpea con rabia. Transforma tu problema en un golpe y sacude el saco. Él se portará bien contigo, te lo prometo...
Pensé en mi hermano cabrón, en lo mal que me lo estaba haciendo pasar.
También pensé en la muerte de mis padres.  En cuánto los necesitaba en mi vida... Y en la ilusión que les haría que yo creciera y en la sensación de que no lo estaba logrando mezclada con la impotencia de ir hacia lo desconocido y el miedo que esto me producía.
Lancé el puño con toda mi fuerza y con la velocidad de todos mis problemas y la amplitud de mis preocupaciones.
Añadí en el último instante la soledad, el dolor y la falta de cariño.
Todo eso hizo que el impacto contra el saco fuera brutal. Estoy seguro de que jamás había recibido un golpe con tanta cantidad de matices de problemas diferentes.
Pensaba que me rompería unos cuantos dedos, pero en lugar de eso descubrí que el saco aceptaba mi golpe y noté cómo mi pequeña y huesuda mano se insertaba mullidamente en aquella tela. 
Sentí un extraño placer.
El dolor se había convertido en placer. Sonreí.
Albert Espinosa
En su libro: 'Si tú me dices ven lo dejo todo, pero dime ven."

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