jueves, 19 de julio de 2012

No puedo.


Un día, con 18 años, lo dejé todo. Renuncié a todo aquello por lo que mi vida cobraba sentido. Estaba cansado. Veía que ya no tenía posibilidad de conseguir lo que quería, los regates no salían como deseaba, mis estiradas no eran suficientes para atajar el cuero, mis centros no obtenían la precisión que debían y mis pases no lograban obtener una colocación digna de remate, perdí mi olfato goleador por completo. Un día me levanté, me acerqué al cuarto de baño y, tras mirarme durante un eterno minuto a los ojos del espejo que se reflejaban me dije a mí mismo lo siguiente: 'No puedo.' Un día, con 18 años, dejé el fútbol.
Muchas personas me intentaron animar, pero no me entendían... ¡Qué sabían ellos! Muchas eran las personas que propusieron miles de soluciones pero éstas eran escasas dada las necesidades que requería en ese momento. Quise cerrar los ojos como en antaño, cuando al tener que solucionar mis problemas veía cómo éstos se arreglaban solos, como por arte de magia. No era así, realmente dejaba que los demás influyeran en mi vida otorgándome la ayuda necesaria para que tuviese la menor cantidad de obstáculos a lo largo de mi vida...
No pasaron más de 24 horas a partir de la toma de decisión más dura de mis 18 años de vida cuando, despejándome por el paseo marítimo de mi pueblo, divisé a un hombre mayor sentado en uno de los bancos que se situaban a la vera de la cornisa marinera formada por la playa de mi localidad. El hombre era algo mayor, y a su lado brillaban dos velas numéricas que reinaban en el castillo de arena en el cual estaban postradas. No fue hasta cierta distancia cuando pude ver el número con exactitud. Me vio venir. Algo aturdido, y aún cavilando sobre mi decisión, intenté pasar desapercibido paseando por detrás del individuo, de forma que el hombre no apartase la mirada del magnífico horizonte caracterizado por un manto de estrellas que en aquella cálida noche de verano se nos presentaba.
Sin mediar palabra, el hombre hizo un gesto de vaivén con la mano, indicando que me sentase junto a él. No sabía cómo se había dado cuenta de que le estaba observando pero, quizás siendo algo insensato, le hice caso y compartí junto a él la maravillosa noche que teníamos frente a nuestros ojos. De repente, el hombre dirigió su mirada hacia mí y no dudó en preguntarme: - '¿Cuántos años tienes?' A lo que yo le respondí sincero: - '18' -. El hombre exhaló una bocanada de aire en aquél cielo lleno infinitamente de estrellas y seguidamente provocó el mayor suspiro que nadie jamás podría imaginar. 5 segundos después, el desconocido comenzó a hablar...
"Un día, con 18 años, lo dejé todo. - Me dijo. - Renuncié a todo aquello por lo que mi vida cobraba sentido. Estaba cansado. Veía que ya no tenía posibilidad de conseguir lo que quería, los regates no salían como deseaba, mis estiradas no eran suficientes para atajar el cuero, mis centros no obtenían la precisión que debían y mis pases no lograban obtener una precisión digna de remate, perdí mi olfato goleador por completo. Un día me levanté, me acerqué al cuarto de baño y, tras mirarme durante un eterno minuto a los ojos del espejo que se reflejaban me dije a mí mismo lo siguiente: 'No puedo.' Un día, con 18 años, dejé el fútbol. - No podía ser cierto. Me confesé a mí mismo, en silencio. No deseaba interrumpirle. Había repetido todas y cada una de las palabras que yo mismo me dirigí en el espejo. Expectante, decidí seguir escuchándole, de forma que pudiese deleitarme con algo más... y así fue. - Pero un día recordé, - continuó - que no había mayor fracaso que el no haberlo intentado. Que mi triunfo era más probable que ser Presidente del Gobierno negro en un Estado blanco. Que el que busca la suerte es el que la encuentra. Que triunfar con edades avanzadas era imposible... y luego se inventó aquello de la fama póstuma. Que hasta el más tonto podía destacar en lo que quería hacer, cuando vi cómo Forrest Gump se proclamaba campeón mundial de Ping-Pong. Que no importaban las desventajas físicas, cuando escuché una obra de Ludwig Van Beethoven (cuya capacidad auditiva era escasa) o veía cómo Nick Vucijic (sin extremidades) lograba ponerse un DVD en su casa sin ayuda alguna. Que estas absurdas elocuencias se empequeñecían a la hora de compararlas con las vidas de miles de jóvenes que, con mi misma edad, no podían disfrutar de la décima parte de las oportunidades que a mí me habían sido concedidas. Que un día las mejores personas se marchaban para no volver, dejando a sus seres más queridos aquí, y con ellos miles de sueños aún por cumplir. Que el pasado no era más que un recuerdo, y el futuro no más que un capricho. Lo único que importaba era el hoy, no echar de menos el ayer y mirar de reojo al mañana.
Hoy chico, - me miró fijamente - llevo demasiados años cargando en mi espalda y no fue hace mucho cuando me di cuenta de todo esto. Tú hoy tienes 18 años. Eres joven, pero tan maduro como para encontrar el verdadero sentido del ridículo a tal decisión que has tomado. Mientras que así puedas, haz lo que tu corazón grite, y no lo que tu mente diga. Yo lo primero lo perdí, me lo arrebataron ya hace algún tiempo - No pude evitar el gesto de asombro ante la decepción que se le dibujaba en su rostro y, al ver mi desconcierto, decidió 'sacarme de dudas' - Ya lo entenderás, todo a su tiempo. Acércate a lo imprescindible y aléjate de lo imposible. En cuanto a lo segundo... - Dejó escapar una leve e irónica sonrisa entre dientes que delató el arrepentimiento de toda una vida dedicada a lo que nunca quiso hacer, pero su mente así lo deseó.- ...A veces va, a veces viene. Aprende a saber tener lo que tengas, a valorar cada instante, como si fuera el último. No dejes escapar todo aquello que sea valioso para ti y te llene considerablemente. No olvides luchar, pues habrá momentos de celebración, pero también habrán rachas de desilusión.
Y recuerda,  que tu corazón está formado por pedacitos de los que te rodean, y que los que te rodean tienen un pedacito de ti en sus corazones.
Por último, espero que el día que cumplas 72 años, no seas tú solo el que camine por este paseo y que muchas personas te acompañen para poder contarles lo emocionante e inolvidable que ha sido la historia de tu vida.
Entonces... y sólo entonces, podrás mirar este cielo cubierto por este manto de estrellas y dejar a un lado al espejo para poder gritar a los cuatro vientos...
Sí, puedo.

Nacho Liaño

2 comentarios:

  1. Cada día te luces mas Nachito. Sigue así, que escribes bastante bien corazon. Un abrazo, y recuperate de tu tobillo anda KK.

    ResponderEliminar