jueves, 2 de agosto de 2012

90 y pocos días.

Pulsa al play y adelántalo hasta el minuto 1. 

 Juventud... ¡ay, juventud! Que entras por mi puerta antes de lo previsto y antes de haberte siquiera visto te vas. Todo el día estoy pendiente de este núcleo, de esta burbuja de la que uno sale tan sólo por error y vuelve rápidamente por intuición apenas sin notarlo. Hoy me ha vuelto a reconcomer tan dentro de mi alma y muy a mi pesar, un sentimiento de vacío causado principalmente por un rumor que ha llegado a mis oídos por varias personas. Al parecer es cierto, o me estoy volviendo loco. No quiero comprobar la veracidad del mismo, sin embargo me duele ver cómo hoy día la magia de una pareja, al llegar al tercer mes, comienza a apagarse. Es triste ver cómo dos personas pueden llegar a congeniar tanto cariño en tan poco tiempo que, en el momento en el que la llama arde en su máximo esplendor, llega algo o alguien que de un soplido logra desvanecer por completo todo ese castillo construido piedra a piedra por ambas personas. Un muro infranqueable, o al menos eso se ve desde fuera, que tan sólo con un atisbo de tristeza logra derrumbar tantas y tantas horas de trabajo sentimentalmente hablando.
No es bueno nunca querer más que la otra persona, por si, al cabo de esos 90 y pocos días, la intensidad de su llama no es la misma que la que tienes tú. Y es que a veces pasa que te enamoras equivocadamente y echas una serie de culpas a todas las personas que encuentras a tu alrededor menos a ti misma, cuando eres la verdadera culpable por no haberte dado cuenta de todo esto tiempo, mucho tiempo atrás.

Pero levanta la cabeza, princesa, no vaya ser que se te caiga la corona y vayas a derramar lágrimas en una cara que siempre mereció la más sincera de las sonrisas. No pienses que te equivocaste, piensa que tú vales mucho más de lo que imaginas y que realmente fue él el que no supo valorar realmente lo que tenía delante. Así y sólo así podrás creer en ti misma para volverlo a intentar... el ¿quién? ¿cómo? ¿cuándo? y el ¿dónde? está tan solo reservado para unos privilegiados, aquellos que no dependen de la vivacidad de unos candelabros para medir su amor. Aquellos que son capaces de encender cerillas a través de sus miradas. Aquellos que realmente se quieren y toman la rutina y el hábito, a diferencia de las anteriores parejas, como algo especial y privilegiado.

Por último... Recuerda que las historias, si acaban bien, son triunfos. Por otro lado si acaban mal, se acaban convirtiendo en experiencias de las que siempre podremos aprender. ¿A qué esperas para comenzar tu historia? No dependerá de ti su final, pero sí eres imprescindible a la hora de decidir si realmente quieres o no quieres que esa historia tenga realmente un desenlace.

Nacho Liaño

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