martes, 6 de noviembre de 2012

Contra más confianza, menos cariño.

Y que no me lo nieguen. Dichosos los afortunados que demuestran su amor correspondido hacia una persona cercana. Alguien de confianza, como lo puede ser un hermano: un amor fraternal, como lo puede ser un amigo: un amor de amistad o como lo puede ser un padre y una madre: un amor preconcebido. Por poner ejemplos que no falten, pero es obvio que cada día que pasa es único e irrepetible. Uno nunca sabe cuando acaba su cuento. Aun así, y lamento haberme puesto en medio segundo melodramático, admitid que a veces no demostráis el verdadero cariño que sentís a una persona o bien por orgullo, o bien por miedo, o bien por prisa, o bien por otros motivos ridículos a los que ni siquiera somos capaces de encontrarles sentido. La confianza es genial, con su respectivo límite, pero no olvides que el peor enemigo de una relación es la rutina que a lo largo del tiempo termina destruyendo un castillo que ha sido construido pieza por pieza. No has trabajado duro en los cimientos para que llegue una racha de viento y acabe con todas esas expectativas, ¿no?
Que no sea tu padre, ni tu madre los que al llevarte a un sitio en cuestión, o tras despertarte por la mañana, sean los que tengan que dirigirse a ti y darte un beso en la mejilla.
Ni un amigo tuyo; no dejes pasar la oportunidad de estrecharle un abrazo y así demostrarle cuánto lo echabas de menos por todo el tiempo había pasado desde la última vez que lo viste.
Ni un compañero de equipo... no esperes a marcar un tanto para celebrarlo con ellos, pues hay partidos en los que ni un gol sube al marcador.
No lo olvides... ni hagas como el que se te olvida, aquél que se lo piensa dos veces antes como el que duda en acudir al cuarto de baño por 3ª vez en el día para lavarse los dientes y finalmente se acuesta con el mismo sabor de boca que deja a un padre tras ver cómo sus esfuerzos son en vano porque su hijo le quiere, pero no se lo demuestra. Y eso... duele

Nacho Liaño
                   

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