lunes, 24 de diciembre de 2012

El ángel de la banda.


Entré con papá en el vestuario, allí estaban mis compañeros. Me puse, con su ayuda, la camiseta y las calzonas y acto seguido, mi entrenador Villa me calzó las botas y me las abrochó justo después de colocarme las medias. ¡Era hora de jugar al fútbol, salir al terreno de juego, darlo todo y sobre todo de disfrutar! Nos dirigimos al campo, saludamos a nuestros rivales y comenzó el partido. En un balón perdido, pude ver a papá en la grada, sentado donde siempre y orgulloso tal y como acostumbraba siempre para ver a su hijo practicar su deporte favorito. Le vi sonreír y saludarme, me despisté y en esos segundos de desconcierto noté un golpe justo en la parte anterior de mi cabeza. Había sido un pelotazo y el balón había salido disparado por línea de banda... ¡Qué despistado soy! -pensé-. Fui a recoger la pelota cuando, de repente, me pisé los cordones de las botas y me caí al suelo. Al parecer Villa no había hecho muy bien del todo su trabajo. Me levanté con una de esas lecciones que sabes que los niños son los mejores maestros para enseñarlas -si te caes 100 veces, levántate 101-  volví a la mirada hacia el objetivo y vi que el balón había desaparecido. Alcé la vista y lo vi a él. Sentado, en su silla, como siempre, tenía el balón en sus manos y una sonrisa de oreja a oreja que contagiaba felicidad por cada rincón del estadio. Siempre estuvo ahí, partido tras partido, sentado y preparado ya desde los calentamientos para ver a su nieto jugar. No era mi abuelo, pero quizás lo fuese para todo el equipo en su totalidad. Quizás aún sigue allí, sentado, esperando volver a ver a su descendiente jugar al fútbol. Si lo vierais celebrar un gol... la alegría contenida en su rostro delataba un sincero sentimiento de satisfacción que parecía que de un momento a otro brincaría de su silla y se pondría a dar volteretas en el césped. Pero aunque no pudiese, gritaba cada falta a favor y cada fuera de juego en contra como si se le fuese la vida en ello y eso no dejó lugar a dudas de que se trataba de una persona muy significativa para el equipo. Emocional y humanamente hablando.
Recuerdo el último partido que jugué con aquél equipo, fue un derbi local muchos años después del partido antes descrito. Habíamos pasado de apenas unos 7 u 8 años a la edad de 15 y 16 años. Las cosas, tras crecer, eran muy diferentes. Muchas cosas cambiaron, temporadas, entrenadores, compañeros... pero él siguió ahí. En las buenas y en las malas, con su sonrisa y dispuesto a ayudar al equipo en lo que hiciese falta aún consciente de sus limitaciones. Pero el poder de una sonrisa sincera, el amor de un abuelo por su nieto y la pasión de un futbolero por su equipo no conoce límites. Con eso me quedo, con el valor de la superación que nuestro ángel de la banda nos enseñaba cada domingo, hiciese frío o calor, lloviese o nevase. Él siempre estaba ahí.
En cuanto al partido, fue el primer derbi local que empaté como futbolista de aquél equipo desde aquellos tiempos remotos en los que no sabía ni ponerle los cordones a las botas. ¿El resultado? Fue lo de menos.
La imagen de ese encuentro fue la celebración del tan ansiado gol del empate de mi compañero, amigo y quizás no sanguínea pero sí verdaderamente hermano, que no dudó en ningún momento en, tras cruzar el balón la línea de gol (tal y como lo hizo en su día la de banda) abalanzarse sobre su abuelo, comérselo a besos sin parar de gritar te quiero engrandeciendo aún más si cabe la persona a la que estaba abrazando y el equipo vitoreaba a su alrededor... y allí estaba él. Sonriendo.
Feliz por su gol dedicado. Feliz por tenerlo a su lado. Feliz porque no había mayor tesoro, que el que su nieto le había regalado. Y es la felicidad, bendita felicidad, de querer a alguien demasiado.

Él le dijo: «Abuelo, te lo dedico si lo meto»
Por que en esto del fútbol, nadie manda
Y el gol del empate lo hizo su nieto
Descansa en paz, nuestro ángel de la banda.

Nacho Liaño

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