martes, 18 de diciembre de 2012

Historias Urbanas (I): El milagro de la vida.

Inauguro una nueva sección, por llamarlo de alguna forma, que he decidido titular como 'Historias Urbanas'. En ella quiero compartir diversas historias que o bien son parcialmente inventadas, o están basadas en hechos reales... pero todas tienen una sólida veracidad. 
¡Espero que las disfrutéis y encontréis en ellas la inspiración entre las palabras!

Historias Urbanas (I): El Milagro De La Vida



Despertaba un fin de semana cualquiera, un sábado cualquiera concretamente, algo aturdido. Nublado. ¡Vaya! -me dije a mí mismo- ¡Qué novedad!- Me animé irónicamente. Toda la semana con un sol radiante y teniendo menos ganas de ir a la facultad que Marco esperando a que llegue el día de la madre y cuando llega el fin de semana las nubes se posan en el cielo más rápido que los exámenes de enero de un universitario. Espero que esto último no me haya dejado en evidencia como el típico chico 'quelodejatodoparaelúltimomomento' ; pero bueno, qué mas da. Soy joven. Quizás esta frase haya sido la que de los más arduos apuros nos ha sacado a todas las personas que nos sentimos aún en la flor de la vida. Pero no fue esa la frase que protagonizó esta historia. Más bien, no fue ninguna frase. Puesto que poco después de levantarme con el pie izquierdo (no soy supersticioso, pero desde ese día no me levanto más con ese pie... ¿o sí? ya veremos...) y dirigirme al baño se escuchó una onomatopeya que cambiaría mi vida para siempre. Muy exagerado, intentémoslo otra vez. '..que cambiaría mi vida o, al menos, el punto de vista con el que mirarla'. Sí, así está bien. -¡Achíssssss!- acto seguido del ruido, se escuchó un leve golpecito de estremecimiento en la habitación de al lado. Menudo estornudo, jamás lo había hecho de forma tan sonora. No le di importancia, había salido a toda pastilla descalzo desde la cama al lavabo mientras pensaba en que me depararía una gran noche... -¡¡¡¡Achís!!!!- ...o no. Me temí lo peor, fui directamente hacia mi cuarto y cogí el termómetro. El asunto estaba pasando de verde Shrek a verde pizarra. Toda la semana estudiando para tener un día libre y voy y me pongo más malo que el tiempo. - No es justo. -incrédulo estaba al ver cómo el marcador del mercurio sobrepasaba los 38'5 grados- No hay otra solución que acercarse a la Farmacia para conseguir algún medicamento capaz de bajar esta fiebre. Afortunadamente, la ciudad en la que resido actualmente posee todo tipo de servicios de forma cercana y de fácil acceso, por lo que no tuve más que girar la esquina de mi calle para darme de bruces con una Farmacia. Entré decidido -pensando, por cierto, en cuándo se harían esas puertas que se abren como en los supermercados, centros comerciales etc para casas particulares- y vi la situación que se presentaba en el lugar que me encontraba. Rodeado de nolotil, dalsy y aspirinas, me incliné en el mostrador y busqué por la otra parte del mismo a una de las dos farmacéuticas que trabajaban allí. Fue entonces cómo una de las trabajadoras, la más mayor, salió despavorida hacia la entrada como esperando algo y yo me impacté, no me esperaba tal reacción de esa mujer, pero decidí hacer caso omiso a tal sobresalto.
La otra farmacéutica, la joven, no tardó en llegar y, al ver mi rostro, dedicó sus palabras hacia mí pero parecía que la atención total la estaban captando sus ojos, que apuntaban justo a mi espalda, justo detrás de mí. Un poco molesto por la situación y a la vez preocupado decidí darme la vuelta antes de que la farmacéutica terminase de formular su pregunta: -¿Qué querías, chi...?- No acabé de entender. Entre la fiebre, el mal día, y ver cómo una de las farmacéuticas me prestaba atención pasando de mí se añadió un factor que propinó la integridad total de mi desconcierto. La farmacéutica más mayor, parecía esperar con la mayor de las ansias una respuesta a la que no sabía cómo preguntar para obtenerla o era demasiado obvio que la obtendría. A su lado, una mujer jovencísima, unos veintipocos, diría yo, sujetaba con su mano derecha una especie de termómetro, no igual que el que yo había utilizado, este era diferente; y con su otra mano se sostenía a sí misma, ya que el temblor propiciado por la angustia y los nervios se habían apoderado completamente de ella. Sin embargo, estaba a varios metros de la escena, seguía sin comprender nada. Fue entonces cuando ocurrió. La experimentada farmacéutica cogió la mano de la chica y la otra se la llevo a su rostro. La calmaba, la tranquilizaba. Y todo sin ni siquiera esbozar cualquier tipo de palabra. Parecía que la joven necesitaba desahogarse, como si tuviese un secreto inconfesable que le estuviese matando por dentro y necesitaba contarlo de una forma u otra. -Es.. esto..- intentó comenzar la chica. -Tranquila, todo va a salir bien- contestó rápidamente la mujer, como si de su madre se tratase, al ver que el pánico se apoderaba de la joven y no le permitía articular palabra alguna.
-Dámelo.- Le pidió la farmacéutica a la chica. Una vez pronunciada dicha palabra, la joven aún temblando ofreció el termómetro antes citado a la mujer y ahora sí, pudo decir lo siguiente. -No lo he visto aún...- Por un momento parecía que se congelaba el tiempo, sinceramente me sentí un poco (por no decir extremadamente) ignorado, ninguna parecía percatarse de mi presencia. O no querían darse cuenta, que es diferente. La cuestión es que estaba muy intrigado y ansioso por escuchar las siguientes palabras de la farmacéutica. Pero mi ansia no fue aliviada. Ahora era la joven farmacéutica la que rodeaba con su brazo a la chica indispuesta, mientras la mayor analizaba el instrumento. Finalmente y, tras unos siete segundos que parecieron siete años, la mayor retiró de su vista el termómetro y miró a la joven, a la cual le dio quizás, el mayor abrazo de su vida. Ahí sí. Me quedé conmocionado en el mismo lugar en el que me ignoró de primera mano la joven farmacéutica y callé tal y como lo había hecho desde que estornudé por décimo séptima vez. Allí estaba yo, rodeado de píldoras y tiritas esperando mi turno para comprar pastillas para reducir la fiebre y dos farmacéuticas se abrazaban con una cliente... Lo entendía todo pero no entendía nada.

Una cosa sí sabía, y es que me quedé sin salir ese día
pero quién sabe si en esa farmacia, se dio el milagro de la vida.

Nacho Liaño

2 comentarios:

  1. Probablemente así fuera...

    ¡Qué bonito sitio tienes!

    Un saludete.

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  2. Muchas gracias Towanda.
    Mucha suerte para el concurso 20Blogs.
    ¡Un saludo!

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