jueves, 10 de enero de 2013

Historias Urbanas (II): La sopa de letras.

Me fascina ir en los transportes públicos. El vaivén de las personas, cada uno con su destino, con su vida... es algo que siempre me ha dado quebraderos de cabeza; porque hay días que te topas con gente amable, servicial, predispuesta y alegre. Pero otros días te encuentras personas alicaídas, sin mucho afán ni motivación para hacer las cosas bien. O parece que verdaderamente no quieren hacerlo. Esta es el tipo de persona que protagoniza mi segunda historia urbana... La sopa de letras.

Historias Urbanas (II): La Sopa De Letras




Una sopa de letras es, como todo el mundo sabe, una especie de libro 'pasatiempo' con el que nos podemos entretener durante un tiempo determinado. Algunos lo usan para aumentar su agilidad mental, otros para hacer que el minutero del reloj pase más deprisa, y otros para irse a las páginas finales donde vienen resueltos cada uno de los ejercicios que se proponen. Ese día, el hombre mayor que estaba sentado en el sitio que anteriormente yo había ocupado en aquél viejo y vetusto autobús tenía una sopa de letras entre sus manos. Era complicado ver, por la velocidad que alcanzaba el autobús y con ello el movimiento tambaleante del mismo y el número de cabezas que tenía delante de mí, el tipo de ejercicio que estaba realizando aquél hombre. Tenía un aspecto lúgubre tétrico, tántrico, fálico, gótico y parecía que tenía los mofletes en desuso, morados, como si llevase sin realizar ningún tipo de mueca hacía más de 10 años. Su boli trazaba, de vez en cuando, una linea vertical, horizontal o diagonal, dependiendo el sentido de la palabra que había encontrado.  Tenía cuatro paradas hasta que llegase a mi destino, quién sabe si el hombre se bajaría antes que yo, pero una cosa estaba clara, y es que mi atención total la captaba aquél individuo de gabardina oscura, un aspecto ávaro al juzgar a primera vista y una sopa de letras ansiosa por rellenarse. Llegó la primera parada, el autobús se vació un poco respecto a la cantidad total de gente que había antes de que se efectuase dicha parada. El anciano seguía obsesionado con su juego de palabras. -¿Estás loco?- Gritó desesperado el chófer de nuestro transporte público a la misma vez que hacía frenar el autobús de forma instantánea. Al parecer un coche se había metido de mala forma por el carril que no debía. Gajes de la gran ciudad. Pero le agradecí mentalmente al conductor del automóvil dicha temeridad pues me dio la oportunidad de divisar el título de la sopa de letras en cuestión: 'Sentimientos'. Curioso. Una sopa de letras de sentimientos. Me asomé de nuevo, con la ilusión de poder ver algo más a través de las cabezas que obstaculizaban mi visión y pude ver la primera palabra, 'Odio' estaba redondeada verticalmente. Llegamos a la segunda parada. Más personas se bajaron y alguna que otra se subió al transporte. Yo decidí sentarme detrás del hombre, aprovechando el hueco que había dejado vacante un joven universitario. Él siguió allí, firme con su sopa de letras, dispuesta a terminarla, si podía, en el mismo trayecto. Pude ver otra de las palabras que tenía ya encontradas... 'Soledad'. -Vaya- me dije a mí mismo, parecía que la cabeza de aquél hombre estaba repleta de pensamientos negativos (una reflexión tanto absurda puesto que nada tenía que ver el hecho de que hubiese encontrado una palabra antes que otra con su estado de ánimo). Pero parece ser que la tercera palabra, 'Amargura', la cuarta 'Tristeza' y los sucesos que posteriormente se dieron lugar verificaban mi hipótesis. De repente el individuo cogió su boli y trazó una línea perpendicular a la palabra 'Soledad', ya antes encontrada... formando una nueva palabra, 'Respeto'. El hombre se mostró insatisfecho con su trabajo y agudizó su vista hasta encontrar una nueva palabra. Si se hubiese tratado de una escena de dibujitos animados, se hubiera visto una bombillita parpadeando alrededor de la cabeza del ávaro. Pero justo antes de realizar el trazo que significaría el hecho de haber encontrado una palabra más, una melodía sonó desde su bolsillo. Le llamaban al móvil. Al mismo tiempo, el autobús iba reduciendo su velocidad hasta frenarse casi en seco para recibir a las personas que decidieran subirse en la tercera parada y despedirse de los que iban a bajarse en la misma. Hubo cierto tumulto en ésta puesto que fueron muchas las personas que optaron a subirse al transporte. Tuve que levantarme, caballerosamente, para ceder mi sitio a una jovencísima chica cuyos nervios se reflejaban en su cara nada más observarla. -¿Qué le pasará?- Pensé. -No es asunto mío- Me respondí. Al menos no me tuve que separar mucho de aquél hombre y escuché involuntariamente parte de la conversación que mantenía por teléfono con lo que parecía ser, un familiar.
-No pienso ir por Navidad a comer, hija- dijo en un tono cortante y desagradable. Al parecer por el otro lado de la línea trataban de convencerlo. Esto fue en vano pues la cara que ponía el ávaro individuo no era otra que la de desacuerdo y total enfado. Concluyó con un escueto 'adiós' y terminó la llamada con desdén. Acto seguido, se puso manos a la obra de nuevo con su sopa de letras y puso en un buen círculo la palabra 'Perdón'. El hombre estaba cabizbajo, mucho más triste de lo que estaba antes, visiblemente afectado. Teniendo en cuenta que antes parecía algo menos amargado, la culpa de ésto la tuvo la llamada de su hija, pero todos los presentes desconocíamos el motivo de tal cabreo. Sólo sé que vi una vez más deslizar su bolígrafo por el libro y se detuvo un momento pensando, en si subrayar o no ésta última palabra que le faltaba. Lo hizo. Rellenó 'Amor' con el mayor de los nervios denotándose esto con tan sólo ver la calidad del círculo. Ahora sólo tenía que encontrar un nuevo sentimiento que incluyese una de las letras de cada palabra para poder pasar al siguiente ejercicio de esta curiosa sopa de letras. Fue entonces cuando llegó mi parada, la cuarta parada. Y en otro de los frenazos típicos de los autobuses, el libro se deslizó de las manos del ávaro y cayó al suelo. Un silencio sepulcral impregnó el transporte. Me agaché para coger el libro, saqué de mi bolsillo un boli y escribí una palabra sobre la sopa de letras. Le devolví el ejercicio al ávaro y me bajé del autobús, dirigiéndome hacia mi destino. El hombre abrió el libro por la página de su sopa de letras y vio la E de Soledad, la M de Amargura, la P de Perdón, la A de Amor, la T de Respeto, la Í de Odio y la A de Tristeza resaltadas de mi puño y letra, formando la palabra clave que resolvía la sopa de letras.
Volví a mirar hacia el autobús, y vi al hombre mayor cogiendo su teléfono móvil mientras que llamaba a alguien entre lágrimas en los ojos y un esbozo de lo que fue quizás la más sincera de sus sonrisas, dedicó unas palabras que hubiese dado lo que fuera por escucharlas. Pero me quedo con que ese hombre se dio cuenta, de dónde realmente estaba la felicidad. Que la soledad no llegaba a ninguna parte, la amargura y la tristeza incentivaban el odio y el perdón daba paso a un respeto que algún día se convertiría en amor, y éste en empatía.


Porque a veces nuestra propia felicidad, 
reside en las sonrisas de otras personas.

Nacho Liaño

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