domingo, 24 de febrero de 2013

Historias Urbanas (III): La rueda de la vida.

La vida es como una rueda: A veces se engrasa, se malgasta... pero no siempre hay un mecánico que te arregle el pinchazo. No todos los días estarán aquellas personas que realmente arreglen el desaguisado que tú mismo has creado a lo largo de tantos y tantos años. Es hora de coger la bici y pedalear, ir lejos... tal y como quizás hizo, el mecánico de bicicletas de mi placita de naranjas. Este es el tipo de persona que protagoniza mi tercera historia urbana...
La rueda de la vida.

Historias Urbanas (III): La Rueda De La Vida


Vivo en un barrio tranquilo. Muchas personas mayores albergan la mayoría de pisos que rodean perpendicularmente la casa en la que habito. Pero la mía, tiene un patio singular, tal y como dice la canción. Y es que, además de sus frondosos árboles cuyas frutas anaranjadas caen en otoño junto a sus hojas, hay una especie de garaje en forma de taller pequeño de reparaciones únicas y exclusivas de bicicletas. El hombre que lo aguarda seguramente tendrá la friolera de casi sesenta años, a juzgar descortésmente por su físico. La historia tiene lugar, pocos meses después de mi adaptación en la casa antes citada, cierto día que por descuido me comunico con aquél hombre con el que tantas y tantas veces me había cruzado todos los días. Uno tras otro, sin descanso… él arreglaba bicicletas, su perro le miraba absorto y yo paseaba de arriba abajo, de abajo a arriba. Siempre yendo y viniendo de mi piso. Lo veía siempre serio, un aspecto lúgubre recubría su faz a la vez que desengrasaba el radio de las ruedas, los pedales y todo aquello conferido al mundo ‘ciclista’. A lo que iba. Un día en el camino de vuelta de la Universidad, en el cual vi un autobús en el que iba un hombre mayor emocionado hablando por el móvil (no preguntéis por qué, no tengo ni idea), crucé la esquina que daba directo a la placita en la cual se encontraba mi casa y el taller del viejo hombre cuando divisé una naranjita redonda tirada en el suelo entre miles y decidí llevarla pisadita hasta mi portal. De fondo se escuchaba el sonidito de la rueda de una de las bicicletas que el hombre mayor estaba arreglando. En el último momento, antes de llegar al destino que deseaba, una portería idealizada compuesta por otras dos naranjas algo más grandes, atraían mi total atención y no dude en chutar al vacío que formaba las dos frutas. Justo antes de que traspasara la línea imaginaria de gol, el perro del hombre que arreglaba las bicicletas, en un ávido salto y veloz movimiento, obtuvo la naranja como si yo hubiese interpretado el papel de Arjen Robben y el canino el de Íker Casillas en la final del pasado mundial sudafricano de 2010. Ante tal agilidad me quedé impactado, parecía que el perro, a juzgar por el primer vistazo que le eché, se quedaría tumbadito tal y como acostumbra a la vera de su dueño. Pero esta vez no fue así. Fue como si quisiera en la palomita que realizó dar a entender que quería explorar algo más allá de lo que unos simples ojos pueden captar. El sonido de la cadena se paró, me quedé perplejo cuando me di cuenta que el perro del amante de las bicicletas me estaba lamiendo la mano. Me puse en cuclillas y lo acaricié, primero la cabeza, bajé al hocico… y de ahí al lomo. Le encantaba. Me encantaba. Meses antes mi perra había fallecido y la echaba muchísimo de menos. Pero antes de que me recubriese en aquellos desgraciados pensamientos, el hombre que poseía aquel garaje de bicicletas me susurró: - ¿Qué día es hoy? Y ávidamente contesté de la forma más educada posible. Durante una fracción de segundo, parecía que el rostro de aquel anciano delataba una verdad confusa: parecía que ya sabía qué día era hoy, esto era tan sólo una forma de romper el hielo. De todas formas, no me importó, y antes incluso de que pudiese reflexionar por un momento a qué venía todo esto el viejo me estaba hablando de nuevo. - ¡Vaya! Hoy es mi último día… Es inevitable asustarse cuando una persona mayor te dice algo así, pensé súbitamente a qué se refería con eso y le formulé una pregunta que demostrase mi total desconcierto, sin aun poder dar crédito aun a lo que el hombre me estaba diciendo. - Pues hoy es mi último día – el perro se sitúó a su derecha y el viejo hombre, sin dejar de hablar, lo acariciaba suavemente. El animal lo agradeció muchísimo – o el último, según como lo mires.- No lo entiendo, le repliqué. ¿Podría ser más explícito? El hombre carraspeó y, como si se lo hubiese estudiado, soltó esto sin ton ni son:


“Qué día será hoy, hijo… si estamos obcecados en llegar a una meta sin importarnos el camino. Qué día será que cada vez que uno se levanta, ya está pensando en lo que le viene, lo que tiene que llegar, lo que le va a pasar, lo que va a sufrir, lo que va a amar… y no disfruta del momento. A veces me pregunto a mí mismo… ¿es este mi último día? ¿O es el primero en el que voy a disfrutar de verdad la vida? Todas las personas nacen… pero no todas viven. Te veo ir a clase, te veo volver de clase… te veo ir a entrenar, te veo volver de entrenar… te veo ir a tomar algo con tus amigos, te veo volver… Pero nos olvidamos de lo valioso que es el tiempo transitorio entre una cosa y otra, que al fin y al cabo el viaje es lo que nos trae la felicidad, no el destino. Y que la vida es como una rueda de bicicleta… se puede ensuciar, se puede malgastar, pero al fin y al cabo sigue y sigue rodando; la vida no se va a parar porque tú no la vivas al máximo. Y la consecuencia de todo esto es que tu alma crece en años, y no en experiencias. Mírame a mí, aquí desengraso los piñones de una mountain bike y quito los sillines de bicicletas de paseo… cuando lo que realmente quise fue escalar montañas, andar por senderos, ver paisajes. Pero no fue hasta hace meses cuando realmente descubrí que en la vida hay que saber en qué día se vive… y una vez hecho esto, exprimirlo de la forma más fructífera posible. Acabarás arrepintiéndote si no lo haces, el ‘Carpe Diem’ es más que una frase. 
Es un estilo de vida.

Dicho esto, intenté ingerir de alguna forma todo el contenido y sobre todo el mensaje, que caló en mí como la ducha de agua fría a la cual más tarde me sometería. El viejo hombre que arreglaba las bicicletas se adentraba en su pequeño recinto y yo volvía jugando con una nueva naranja descuajaringada con el perro de aquel sabio. Al día siguiente, al ir a la Universidad, eché un ojo por si veía al mecánico de bicis por alguna parte. Ni rastro. Y así hasta hoy, 2 años después en los que aún me pregunto… ¿dónde se habrá metido aquél sabio hombre que arreglaba las bicis en mi placita de naranjas? Cada vez que salgo y entro en mi casa pienso en la misma respuesta:

Quizás fuera su primer día.


Nacho Liaño

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