viernes, 10 de mayo de 2013

Historias Urbanas (IV): El niño de las postales.

Me encanta viajar. Y, sinceramente, aunque no lo haya mucho en los años que llevo de vida, he de decir que los pequeños detalles de los viajes son los que finalmente recuerdas. Si por ejemplo has escalado una montaña, recordarás la hazaña con los momentos principales como cuando viste un ciervo alejarse de un gran sauce, o cuando un trueno impactó sobre el pico más alto de la cordillera... y llevarás contigo todo tipo de recuerdos. La ramita que llevaba en la boca el cervatillo antes de verlo partir, asustado por tu presencia, o las hojas que perecieron de aquél árbol robusto a primera vista por culpa de aquella intrusión eléctrica sobre su composición. Todos estos viajes estan marcados por pequeños detalles, en su mayoría baratos y meritorios de recuerdos y alegorías hacia un momento de tu vida que fue muy especial.
Una postal, por ejemplo, es algo muy barato y muy significativo para recordar lugares; diferentes sitios significativos que perduran en una imagen, a veces acompañada de texto, que hacen rememorar tiempos en los que uno fue feliz. Pero no siempre los viajes que hacemos son largos, es más, cada vez que viajamos, ya sea para ir al supermercado, a recoger a tu hermano de clases o bien para hacer deporte, no valoramos esos instantes en los que aunque no subamos a lo más alto de una montaña no dejan de ser apasionantes y meritoriamente rememorados. Hubo un chico que conocí durante mi época de estudiante que se dedicaba a vender postales en la puerta de mi universidad y, cada vez que lo veía, él me sonreía y me ofrecía una de sus fabulosas tarjetas que contenían mensajes misteriosos e imágenes maravillosas de la ciudad.
Este es el tipo de persona que protagoniza mi cuarta historia urbana...
El niño de las postales.

Historias Urbanas (IV): El niño de las postales

Siempre con prisas, para no perder la costumbre y tampoco el tiempo, guardé mis llaves, cogí mi cartera, mi mochila y me dirigí un día normal y corriente a la universidad por aquella plaza central de la ciudad por la que solía cruzar antes de acudir a mi compromiso académico diario. Casi siempre solitaria, avancé rápido por debajo de los árboles de aquél sitio y anduve hasta llegar al lugar antes mencionado pero, justo antes de llegar allí, me detuve por un instante para observar la situación que se me presentaba. Justo en la puerta de la universidad, se hallaba un joven cuya edad no superaría los veinte con un paquete lleno de lo que parecían tarjetas envueltas en pequeños sobres del color ocre de los árboles que había dejado poco tiempo atrás. Seguí caminando y justo cuando rozaba su vera el muchacho penetró su mirada en mí y noté como su espada visual me atravesaba la espalda cuando no decidí aminorar al paso, más bien al contrario, aceleré la marcha y antes de cruzar aquél arco perpendicular de la entrada de mi universidad el joven me dirigió la palabra. - Hola amigo, ¿hablas español? - Me dijo. - Sin ni siquiera mirarlo, hice caso omiso de sus palabras y me adentré en el mundillo universitario, con apenas sentimiento de culpa por haber ignorado al chaval. No habían pasado cinco minutos cuando ya había olvidado la anécdota y pensé en el examen que tenía pocos días después.
Al día siguiente, guardé mis llaves, cogí mi cartera, mi mochila y volví a coger el mismo camino para llegar al recinto universitario. Justo antes de entrar, vi cómo el muchacho al que ignoré el pasado día volvía a situarse en el mismo sitio, a la misma hora, esperando algo y siempre cargado de su montón de tarjetas metidas en sobres marrones. Esta vez parecía tener el doble de la otra jornada. Supe entonces que eran postales lo que parecía portar el muchacho, pues vi cómo desnudaba uno de los sobres para dejar ver las inmortalizadas imágenes y textos que venían consigo en aquella misiva. Ya cuando paseaba por al lado suya, giró la cara, me miró y me dijo: - Hola amigo, ¿hablas español? - Hice un ademán con la mano en gesto negativo y, de mala forma, decidí proseguir mi camino. Volví a ignorar a aquél chaval un día más. Entré en clases y seguí pensando en mi examen de pasado mañana, pero fue complicado dejar de cavilar sobre qué es lo que querría aquél adolescente que requería mi traducción, o quizás mi ayuda, en lengua hispana. Aun así, pronto lo olvidé y pronto volvería a encontrármelo. A la jornada siguiente, en concreto, tomé un autobús que me dejó en la misma puerta, no sin antes ver cómo un muchacho que estaba delante mía escribía algo en una especie de pasatiempos y se lo entregaba a un hombre mayor con gabardina que estaba sentado en la parte delantera del autobús; el muchacho salió aliviado del transporte y tras él seguí mi camino. Poco después ambos itinerarios se separaron puesto que ya me encontraba a escasos metros de la puerta de la universidad. Allí volvía a estar él. Tenía mal aspecto, parecía cansado y hambriento, no tenía pinta de haber dormido las horas necesarias para su descanso. Seguía teniendo en sus manos más y más postales que el chico observaba absorto y triste a la vez en la puerta de mi universidad. Cada vez tenía más, sin duda. A un día del examen dejé por un momento de pensar sobre todo lo que tenía que estudiar cuando vi al joven y justo antes de entrar por la puerta de mi universidad vi que el chico tenía tantas y tantas postales que, dicho coloquialmente, 'no sabía por donde cogerlas'. Aun así tuvo tiempo de tratar de guardarlas casi todas y de mirarme, con una mirada que podría catalogar como 'de súplica', cuando rompió el hielo: - Hola amigo, ¿hablas español? - Me dijo con una expresión de corderito degollado. - Sí. - Le contesté al chaval. A los pocos segundos, el chaval reaccionó y me cuestionó: ¿Podrías comprarme una postal? Necesito pagarme un tratamiento que no puedo costearme. - Se sinceró el niño de las postales. - De acuerdo. - Le dije. El joven estuvo enseñándome todas sus postales. Había imágenes curiosas. Reencuentros familiares, monumentos históricos, eventos deportivos, sensaciones diversas y emotivos momentos que en una imagen irradiaban diferentes sentimientos: felicidad, amargura, superación, tristeza... Y me llamó la atención una, que una vez vista, el joven me arrebató de las manos ligeramente comunicándome que esa no se vendía. En la postal salía un pequeño chico de origen africano bebiendo de un río que, a juzgar por su color, no parecía ser muy potable. Aquella imagen no la olvidé en todo el día, aquél chico vestía con harapos sucios y tenía magulladuras por todo el cuerpo, por no hablar de la fragilidad que presentaban sus huesos a simple vista. Al ver cómo el chico se molestó, decidí no darle importancia a aquella imagen y escogí una en la que se expresaba gráficamente la celebración de un gol de mi equipo favorito de fútbol. - ¿Cuánto es? - Pregunté. - 50 céntimos - Me contestó rápidamente el chico. Fue entonces cuando metí la mano en el bolsillo para sacar mi cartera, cuando me percaté de que no la había cogido. Se me había olvidado en casa. Se lo comenté al joven y éste, apesadumbrado, volvió su faz hacia la salida de la universidad para probar suerte con algún otro estudiante. Mientras tanto, yo acudí a clases y no pude atender durante ni un sólo minuto tras ver el estado en el que se encontraba aquél pobre niño de las postales aun teniendo el examen mañana. 
Al día siguiente era mi examen. Pero decidí no presentarme. Fui a la universidad para encontrar al niño de las postales, pero al parecer ese día no fue a vender misivas. Busqué por un lado, por otro... rodeé al completo el recinto universitario y no apareció por ningún lado. Alicaído, entré en la universidad y decidí finalmente realizar la prueba académica, aunque la totalidad de mis pensamientos se encontraban con el joven. Llegué a casa exhausto y tras caer rendido en el sofá fui a encender la televisión cuando escuché las peores palabras de toda mi vida: 
'Vendedor de postales hallado muerto por desnutrición'
Una imagen acompañaba la noticia... era la postal del chico bebiendo del río contaminado. Era él de pequeño.


El día que aprendamos a valorar lo que tenemos, 
no dependeremos de lo material para ser felices.

Nacho Liaño

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