martes, 27 de agosto de 2013

Los mejores cumpleaños son los que no se celebran.


Estamos equivocados. O al menos desde mi punto de vista. Creemos que cuando nacemos, y posteriormente a corto plazo crecemos, hay que hacer grandes fiestas. Celebrarlo por todo lo alto. '¡Pues sí que está guapo el niño ya con sus 2 añitos y su carrito nuevo!' '¡Qué bien le queda ese conjuntito que le has comprado!' '¡Mira qué bien conduce su pequeño coche ya!'
No lo rechazo, pero creo que mayor logro tiene cumplir 50, 60, 70 u 80 años en la vida que montarse por primera vez en bici. Pasa que las personas y situaciones en las que nos encontramos en tan dispares situaciones de la vida condicionan la celebración de los aniversarios. Y es que, cuando nacemos, todos están pendiente de nosotros... necesitamos estar mimados, y esto es evidente. Pero cuando llegamos (como norma general) a la treintena, las personas que están con nosotros día tras día son, en caso normal, personas que acostumbradas a nuestra presencia prácticamente diaria piensan que un día, por ser su cumpleaños, no lo hace un día demasiado especial. Se regalan detalles, cosas que hacen falta o meros caprichos que, ajenos al ámbito del deseo y la satisfacción, no se le puede comparar con la ilusión de un infante al desenvolver su primera bicicleta debajo de un árbol de navidad. 
Son los cumpleaños que no se celebran aquellos que tienen más motivos para hacerlo. Porque lo más importante de la vida, es la vida en sí. Y eso nunca deberíamos olvidarlo.
Nacho Liaño

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