lunes, 17 de febrero de 2014

¿Espectáculo o contingencia?

He estado en menos estadios de fútbol de los que me gustaría presumir, pero si algo me sorprende de las grandes citas futbolísticas a las que he asistido, son las grandes formas de organización que dichos eventos conllevan. Y no, hoy no vengo a hablar de lo bonito que es este deporte, ni las historias de superación que detrás del mismo se esconden. Hoy vengo a denunciar algo grave que lleva ocurriendo desde hace mucho tiempo. Y que ahora con asiduidad y de forma desgraciada estamos reviviendo. En el recuerdo quedan las ¿¡cabezas de cerdo!?, los botellines, los mecherazos... que no están permitidos en encuentros de este calibre. Ni en ningún otro, que no se equivoquen. Que también he vivido desde dentro (aunque no evidentemente en tal alto nivel mediático) lo que algunas 'personas' llaman cosas del fútbol. Un partido de fútbol, un supuesto alarde de hipérboles de felicidad que se convierten en elegías al término del encuentro con daños y prejuicios que suponen de todo menos el objetivo de este deporte: Disfrutar jugando.
¿Soluciones? 
No se tomaban décadas antes, cuando quizás los problemas financieros supusieran un quebradero de cabeza menos en dirigentes y juntas de los clubes españoles. Así que imagínense ahora, que les regalamos las excusas que ellos mismos inventan e inventarán. No van a dar ellos soluciones, imagínense un simple estudiante de Periodismo. Bueno, en realidad la tengo, pero me la voy a guardar.

El fútbol, un deporte de 'hombres'.
Y no aludo al sexo en cuestión. Ahora da más miedo llevar a tu hijo a ver el partido de la semana. Y no es que lo diga yo, es que los comportamientos que se producen en los graderíos suelen ser más frecuentes en etapas prehistóricas. Y eso es jodido. Que haya personas que encima de pagar una carísima entrada (que eso es otra historia...) vaya a tirar un mechero o arrojar un bote de gas lacrimógeno. ¿Estamos locos? No sé cual será la pena de estos actos vandálicos, pero es más que evidente que no deben quedar impunes... y es aún más obvio que estas personas necesitan un importante 'toque de atención'. Llamémoslo así de forma suave.
Y todo esto tiene como consecuencia que se pierda la imagen de esos felices niños ataviados con su elástica de la mano de sus padres a las 16:00 de la tarde (aunque este tema de la hora también es otra historia...). Por miedo. ¿No tenemos, de verdad, suficiente con el día a día, la rutina, que hasta en los momentos de mayor felicidad y supuesto tiempo libre tenemos que presenciar la irresponsabilidad de ciertos energúmenos que no recibieron collejas en su día?
Como si nada pasara.
Un día se produjo un gran revuelo a causa de un objeto lanzado desde la grada que impactó de lleno en un jugador contrario, conllevando una multa para el equipo local y otra para el deleznable ser que dedicó su tiempo a realizar tal cobardía.

¿Tuve la suerte? De poder acudir al siguiente partido del equipo en el mismo estadio donde ocurrieron los hechos, campo cuya clausura estuvo bastante cerca de producirse pero finalmente quedó en una multa a la entidad que se trataba (no desvelo nombre porque lo veo inútil). Una vez fui a enseñar la entrada los supervisores de la puerta por la que tenía que acceder al recinto sacudieron mi mochila llena de bocadillos, un par de veces. Como el que zarandea el paquete de pipas antes de abrirlo. Ni miró el interior. Haciendo el paripé, vamos. Y entré pa'entro. Como si no pasara nada.
Que cuando pase algo realmente gordo, volveremos a hacer homenajes... y recuerdos. Ya no será coherente lamentarse de las normas que se pudieron haber puesto y el daño que se podía haber ahorrado. Porque en esto somos pioneros, en quedarnos de brazos cruzados hasta que ocurra tal atrocidad. No hacer nada hasta que pase realmente lo que un día, inevitablemente, ocurrirá.
Mientras tanto, disfruten del fútbol cuando sea realmente un espectáculo y vigilen su bienestar ante la entrada de sinvergüenzas que no tienen nada que perder manchando el deporte más emocionante y emotivo del mundo.
Nacho Liaño
La tragedia de Sarriá.
Guillermo Alfonso Lázaro (13 años, con gafas) junto a su madre y su hermano pequeño (10 años).
Guillermo fue alcanzado por una bengala durante un Espanyol - Cádiz que provocó su muerte en 1992.

No hay comentarios:

Publicar un comentario